lunes, 7 de junio de 2021

4.- Rompe las cadenas

 

La novena de las Ánimas

Octubre da sus últimos latidos. En el atolón de este pueblo de mar de centeno, el invierno se acerca como opaca sombra y con su crudo látigo. Avanza el compás del tiempo, acelerando su rigor hacia la negrura de la noche. Las campanas llaman fúnebres a la Novena de las Ánimas. Los hombres se van acercando y forman corros en el atrio de la Iglesia. Esperan la última llamada, mientras hacen conjeturas sobre las incidencias de la sementera. Las mujeres cruzan, siempre más diligentes, el pórtico de la Casa del Señor. Con la entrada de los hombres, el cura da comienzo a sus rezos, deshoja las cuentas del rosario siseando palabras ininteligibles, con un porte atávico, nutrido de oscurantismo. Continúa la letanía, la novena y la predicación. Desde el púlpito, el anciano clérigo, arenga con voz cansina, encajando con acentos graves sus palabras. Dispara gestos y garabatos trazados en el aire con sus manos temblorosas. El pueblo escucha, con terror revivido y sumido en un misterio forzado, la disertación de Don Simón, afanado en poner en solfa los tormentos que innumerables almas pasan en el Purgatorio. Los hombres, embutidos en chaquetas raídas y con la boina entre sus manos, ocupan los asientos traseros haciendo quiebros con su imaginación.

Celemín está atónito y por su cabeza discurren multitud de pensamientos. Imágenes cáusticas, inducidas por el cura desde el púlpito: un gran salón negro iluminado por llamas permanentes, capaces de morder con sus lenguas punzantes de fuego, pero provistas de una fuerza misteriosa para renovar el objeto destruido. Siente un escalofrío al imaginar aquel fuego que no destruye, pero capaz de mantener a sus víctimas en un abrasamiento eterno. 

Siente un alivio repentino al oler el incienso que inunda la iglesia, y baja la compuerta para cerrar de un plumazo la provocación que se esparce desde el púlpito, la amenaza recurrente: atemorizar con las puertas del infierno.

Próximas a él, algunas mujeres (ocultas bajo el velo que cubre sus cabeza) se mantienen evasivas ante el sermón, que es el mismo de todos los años, y mueven los labios siseando jaculatorias, aunque sus pensamientos divaguen por los “cerros de Úbeda” de los más diversos asuntos. A buen seguro que, mientras avanza el sermón del cura, sus elucubraciones dan vuelta como peonzas dentro de su mente, distraídas por algún chisme de última hora. 

A Celemín lo que más le impresiona es la conclusión del acto, cuando el dicharachero sacristán, en tono de lamento, da por  finalizada la ceremonia entonando el "Rompe-rompe mis cadenas", cantilena fúnebre que marca cada año el final de la consuetudinaria liturgia.


1 comentario:

  1. Los hombres en las últimas filas, las mujeres ocupando el centro de la iglesia, y los más pequeños los bancos delanteros. Donde la miradaa del Cura se aprecia notablemente. Y ante cualquier chiquillada inocente, los ojos inquisitivos del cura infunden más temor que el sermón del fuego eterno.

    ResponderEliminar

7.- Sentimientos de monago

  Hay motivos para sentirse contento. Asumir esas pequeñas responsabilidades dentro de la iglesia del pueblo puede parecer “peccata minuta”,...